
Si alguna vez ha sufrido un ataque de pánico, sabrá que la experiencia es abrumadora. El corazón se acelera, la respiración falla, el cuerpo tiembla y la mente grita que algo terrible está a punto de ocurrir. Y en medio de todo ello, se cierne una pregunta: ¿por qué me hace esto mi cuerpo?
La respuesta está en el cerebro. Y entenderlo podría ser el primer paso para recuperar el control.
¿Por qué el cerebro “activa la alarma” sin motivo?
Imagine que su cerebro tiene un sistema de alarma interno, un detector de humo biológico que ha evolucionado para protegernos de amenazas reales. Cuando detecta un peligro, activa la respuesta de “lucha o huida”: el cuerpo se prepara para enfrentarse a la amenaza o huir de ella.
¿Cuál es el problema? En un ataque de pánico, esta alarma se dispara sin que exista ningún peligro real. Una sensación corporal perfectamente normal -en este caso, unos latidos ligeramente más rápidos- se interpreta como una señal de catástrofe. Y a partir de ahí, se desencadena una cascada de acontecimientos que convierten los segundos en eternidades.

Estructuras cerebrales implicadas
La amígdala: el sistema de alarma hiperactivo
La amígdala es una pequeña estructura que funciona como centro de procesamiento del miedo. Durante una crisis, se vuelve hiperactiva, interpretando señales internas inofensivas como amenazas graves. Es como tener un detector de humo tan sensible que se activa cada vez que alguien calienta la cena.
El córtex prefrontal: el freno que falla
El córtex prefrontal es responsable del pensamiento racional y la regulación emocional. Normalmente, “calma” a la amígdala cuando reacciona de forma exagerada. Pero durante un ataque de pánico, reduce su actividad justo cuando más la necesitamos. Por eso parece imposible “pensar racionalmente”: el freno deja de funcionar.
La cascada química
Bajo estas estructuras hay una tormenta química. La noradrenalina, la hormona responsable de “agitar” el cuerpo cuando surge la necesidad, se dispara a niveles altos, provocando un corazón acelerado, sudoración y temblores. El GABA, el “tranquilizante natural” del cerebro, parece escasear en estas situaciones. El hipotálamo, que produce neurotransmisores para responder al entorno, activa la liberación de adrenalina y cortisol, responsables de la sensación de estrés. Esta combinación explosiva produce los intensos síntomas físicos que caracterizan una crisis.
Cronología de una crisis
En los primeros diez segundos, la amígdala detecta una “amenaza”, a menudo una sensación corporal trivial. La adrenalina empieza a inundar el sistema. Entre treinta segundos y un minuto, surgen pensamientos catastróficos: “Voy a morir”, “Me estoy volviendo loco”. La hiperventilación (respiración entrecortada) provoca hormigueos y mareos, alimentando y exacerbando el ciclo.
El punto álgido de la crisis se produce entre 1 y 5 minutos, cuando los síntomas físicos y emocionales son máximos. Después, gradualmente, el sistema nervioso parasimpático (“calmante”) toma el control. Entre 5 y 20 minutos, los síntomas remiten, dejando el agotamiento y el cansancio, y el miedo a que vuelva a ocurrir.
¿Qué ocurre cuando se repiten las crisis?
Cuando las crisis se repiten sin tratamiento, el circuito del miedo puede volverse más sensible. Es como si se redujera el umbral de alarma, que requiere estímulos cada vez más pequeños para dispararse. Cada vez hace falta menos “humo” para que salte la alarma. Este fenómeno, conocido como “leña“ significa que cada crisis no tratada puede sentar las bases para la siguiente. Por eso es tan importante buscar ayuda especializada lo antes posible.

La buena noticia: el cerebro puede recuperarse
La misma característica que permite al cerebro “aprender” el pánico también le permite desaprenderlo. La neuroplasticidad -la capacidad del cerebro para modificarse y crear nuevas conexiones- significa que no estamos atrapados en patrones desarrollados.
A Psicoterapia “reprograma” los circuitos implicados en el pánico. El mindfulness refuerza las conexiones entre el córtex prefrontal y la amígdala, restaurando el “freno”. Y neuroterapias innovadoras como Estimulación magnética transcraneal y Neurofeedback actúan directamente sobre la función cerebral, ofreciendo resultados duraderos basados en la neuroplasticidad, la capacidad del cerebro para crear nuevas conexiones entre diferentes estructuras.
Puntos clave a retener
Un ataque de pánico es una respuesta biológica real: lo que sientes tiene una base neurológica concreta.
No es sólo un sentimiento.
Durante una crisis, la amígdala se vuelve hiperactiva, mientras que el córtex prefrontal reduce su función; por eso parece imposible “calmarse”.
Por este motivo, pedir a la persona que “se calme” no suele tener el efecto deseado.
El cerebro libera una cascada de sustancias químicas que producen los intensos síntomas físicos.
Las crisis repetidas pueden sensibilizar el cerebro, haciéndolo más vulnerable.
Busca ayuda sin vergüenza ni miedo.
La neuroplasticidad ofrece esperanza: el cerebro puede cambiar y recuperarse con el tratamiento adecuado.
Sólo tenemos que utilizar las herramientas adecuadas.
Preguntas frecuentes
1. ¿Puede un ataque de pánico causar daños permanentes?
Una crisis aislada no suele causar daños permanentes. Las crisis frecuentes no tratadas pueden asociarse a cambios cerebrales, pero estos son en gran medida reversibles gracias a la neuroplasticidad.
2. ¿Por qué siento que voy a morir, aunque sé que no es así?
Durante la crisis, el córtex prefrontal reduce su actividad mientras que la amígdala está en alerta máxima. La parte “emocional” domina temporalmente a la “racional”, lo que dificulta la aplicación de conocimientos lógicos.
3. ¿Pueden curarse las convulsiones?
Muchas personas se recuperan de forma completa y duradera. El tratamiento adecuado - Psicoterapia, Medicación y/o Neuroterapia - ofrece excelentes perspectivas de mejora sustancial.
4. ¿Qué es la neuroterapia?
Se trata de técnicas que modulan directamente la actividad cerebral. A Estimulación magnética transcraneal utiliza campos magnéticos para activar regiones específicas. O Neurofeedback le permite regular su propia actividad cerebral en tiempo real. Ambos son no invasivos, indoloros y se basan en la neuroplasticidad.
5. ¿Puedo prevenir una crisis cuando siento que empieza?
Sí. La respiración lenta y controlada puede activar el sistema nervioso parasimpático, que es tranquilizador. Reconocer las señales y recordar que “esto pasará, no estoy en peligro” también ayuda. Con entrenamiento, muchas personas aprenden a detener las crisis en sus primeras fases.